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martes, 22 de abril de 2008

La decadencia del hombre en la cultura moderna/ Tercera parte

Por George Clarke Paliza.

4. Eugenesia y medicina

Francis Galton introdujo en 1883 el término eugenesia para referirse a una práctica que favorece la reproducción selectiva de los mejores miembros de la sociedad. Galton estaba convencido de que las cualidades físicas e intelectuales, e incluso morales, se heredaban, y si la eugenesia ya se practicaba con éxito en la cría de animales domésticos no debería haber razón alguna para impedir que se haga con seres humanos si el resultado es la supervivencia de individuos mejor dotados física e intelectualmente. Galton creía que la eugenesia, aunque siendo una selección artificial, era una forma de acelerar la selección natural.

Lo curioso de la eugenesia galtoniana era que ciertas conductas asociales como la delincuencia y la mendicidad eran equiparadas a patologías como la locura intentando con esto probar que tanto la locura como la delincuencia son estados heredables. Actualmente, nadie creería que la delincuencia está fundada en «genes delictivos» sino que debe su origen a una intervención socialmente desfavorable del entorno. Para Galton, los locos y los delincuentes no tenían curación porque sus males son heredados, es decir, genéticos.

La eugenesia negativa (esterilización de los retrasados mentales, locos, enfermos y débiles) se puso en práctica a comienzos del siglo XX y tuvo cierto auge hasta que los nazis lo usaron con fines abiertamente racistas para intentar propagar la raza aria; pero su desconocimiento genético sólo provocó consecuencias contrarias pues la eugenesia positiva que practicaban favorecía el cruce entre individuos del mismo grupo étnico que tenía como consecuencia mayores posibilidades de heredar el mismo lastre genético (mutaciones que causan enfermedades); y la eugenesia negativa tampoco era eficaz porque las mutaciones podrían suceder en cualquier persona sea enferma o sana1.

Sin embargo, hay que reconocer que la eugenesia negativa debe tener cierta efectividad, pues es mucho más probable que una persona enferma transmita sus genes enfermos a que una persona sana transmita genes mutados que luego causarán enfermedades similares. Las posibilidades de desarrollar un cáncer son mayores para una persona si su padre o madre también ha sufrido dicha enfermedad. Por otra parte, como explica María Isabel Tejada, la medicina tendría un efecto inverso al tratamiento eugenésico permitiendo la supervivencia y reproducción de los individuos que cargan genes defectuosos2.

La medicina tiene como objeto y obligación intentar curar y salvar la vida de una persona sin importar si sus esperanzas de vida son altas o bajas. Frente a esta realidad, a la genética médica no le queda otra alternativa que intentar localizar los genes que ocasionan enfermedades letales y si es posible erradicarlos, y así evitar su multiplicación. La medicina tiene efectos disgenésicos sólo en la cura de enfermedades letales, pues la mortalidad sin asistencia médica significa el funcionamiento de la selección natural que al eliminar al individuo ha dictaminado que sus genes no están aptos para aportarlos a la especie. Las grandes plagas europeas mataron a millones de personas pero cierto número de ellas tenían defensas naturales contra la enfermedad y lograron sobrevivir, dichas personas fueron seleccionadas para sobrevivir. Tal como afirma Michael Ruse, la asistencia médica está alterando irreparablemente el curso de la selección natural1. Por otro lado, al parecer, la manera más sencilla de evitar que un gen enfermo se multiplique sería impedir la reproducción de su portador pero localizar el gen a tiempo no es tan sencillo2.

El Proyecto Genoma Humano, completado a nivel borrador en el año 2000, pretende ser un mapa genético para la futura detección y eliminación de enfermedades hereditarias. Actualmente, se trabaja en la detección de los genes que causan enfermedades pero al menos hasta el año 1995 sólo se había logrado detectar un 2% del total de enfermedades1. Aunque parece haber esperanza de neutralizar genes defectuosos en un futuro no tan lejano, la inevitable posibilidad de mutaciones genéticas al azar impide un trabajo de eliminación definitiva2. Como en el caso de la rara enfermedad genética de la fibrosis quística del páncreas, los avances de la genética médica tienen sus paradojas. La medicina salva los portadores de esta enfermedad que sin asistencia tendrían que morir, no los cura, pero los deja vivir sólo para que al reproducirse transmitan sus genes enfermos a un mayor número de personas logrando que la enfermedad se expanda en vez de disminuir3.

El caso muestra que la intervención médica es claramente disgenésica; si la enfermedad ataca principalmente a los niños ─individuos que mueren antes de reproducirse─, entonces es una enfermedad que por selección natural tendería a desaparecer. Salvar a sus portadores sólo ocasiona su expansión. Hay que remarcar aquí que el peligro para la herencia genética es previsible; si la selección natural tiende a eliminar aquellos caracteres que ofrecen menores ventajas y con ello garantiza la buena salud de la especie; y si por el contrario, la medicina impide que los individuos enfermos sean eliminados según el mecanismo natural, entonces sus genes defectuosos no serán reconocidos como malos y con el tiempo lograrán fijarse en la herencia genética transmitidos regularmente como un genes aparentemente normales.

El resultado de este engaño a la selección natural será una propensión a heredar una estructura genética con mayor carga defectuosa creando con ello seres humanos débiles e envilecidos. Conviene mencionar ahora la distinción que John Harris hace entre operaciones médicas somáticas y germinales1. Las operaciones en la línea somática son las que actúan sólo sobre el individuo enfermo, el tratamiento médico no repercutirá en su descendencia génica, por lo tanto, el efecto médico es de una sola generación. En cambio, las operaciones en la línea germinal afectan al gen del individuo y su posible descendencia, por lo tanto implica un cambio radical e irreversible. Modificar un organismo desde la línea germinal significa la creación de nuevas líneas evolutivas, es decir, la creación de especies nuevas.

Por otro lado, David Suzuki y Peter Knudtson consideran que las operaciones en la línea germinal deberían evitarse pues lo que se define como un gen «bueno» o «malo» es ambiguo y depende de las condiciones ambientales y culturales de determinada situación histórica; introducir modificaciones irreversibles en el genoma humano es demasiada responsabilidad y sus consecuencias ─como un posible desequilibrio en la complicada dialéctica genética─, son impredecibles. Aún no sabemos qué influencia indirecta tienen los genes considerados ahora «malos» y erradicarlos podría traer consecuencias irreparables. Los autores mencionados proponen al respecto el siguiente principio genético: «La manipulación génica de las células somáticas puede caer en el ámbito de la decisión personal; la manipulación de las células germinales humanas, no.

La terapia que incide sobre células germinales, sin que medie el consentimiento de todos los miembros de la sociedad, debería estar explícitamente prohibida».1 Pero la prohibición que sugieren Suzuki y Knudtson no sólo está basada en razones éticas y filosóficas; los autores argumentan que investigaciones recientes han descubierto que un gen considerado malo puede tener una influencia indirecta positiva para combatir otras enfermedades. Por lo tanto, si aún no sabemos como está articulado el equilibrio genético entre «buenos» y «malos», es muy peligroso intentar erradicar los genes malos de raíz, podríamos causar un desastre genético.1

5. El retorno al orden natural

Muchos autores ya han denunciado el peligro que corre la especie humana sometida a la actual falta de selección, pero si el tema es poco tratado es porque evidentemente es un tema espinoso e incómodo, pues si alguien se atreve a poner en duda la política actual de no discriminación, es tachado inmediatamente de racista, intolerante y antidemocrático (y otras cosas peores); calificaciones feas, políticamente incorrectas, y además equivocadas. Pero la advertencia que se hace va más allá de esas objeciones, todas éstas provenientes de la actual política de igualdad, que en términos científicos y evolutivos son indiscutiblemente incorrectas y perjudiciales. ¿Qué se puede hacer para evitar que los efectos de la política de igualdad siga anulando un proceso que tiene ya millones de años en marcha? La solución no parece ser nada fácil, pero podría deducirse a partir de un análisis de la información expuesta en las páginas anteriores. En principio, parece inevitablemente necesario un retorno al orden natural. El retorno al orden natural nos obliga, en algún sentido, a regresar al mundo hobbesiano del «todos contra todos».

La libre competencia, donde los más fuertes e inteligentes vencerán a los débiles y a los necios, deberá ser reinstaurada. A primera vista, dicha propuesta podría escandalizar, pero ello se debe a que estamos demasiado acostumbrados al sentimentalismo y sobre protección de la sociedad actual. Y ahora consideremos la posible réplica de los defensores del principio de igualdad: si alguien puede ser favorecido por el ambiente (y la persona es al mismo tiempo un producto del ambiente) es porque el ambiente no da las mismas oportunidades a todos, ─considerando que el ser humano modifica activamente su ambiente mediante la cultura─, entonces, si hay diferencias, es porque el modelo cultural es injusto y perverso.

El argumento supone que si el ambiente tratase a todos por igual, eventualmente ello favorecería la igualdad evolutiva entre individuos; pero aún si este fuese el caso, dicha igualdad significaría un estancamiento en la evolución1, nivelar a todos evolutivamente no significa hacerlos mejores, la mejoría sólo puede partir de una desigualdad inicial y necesaria. La uniformidad evolutiva y social sólo podría conducir a la mediocridad.

Si bien este estudio se ha dirigido más a los aspectos físicos, alertando que la supervivencia de los débiles y enfermos deteriora la herencia genética, es evidente que dicha falta de selectividad va paralela a la transmisión de la degeneración intelectual. La sobre protección de la sociedad moderna ya no favorece a los individuos con mayor capacidad intelectual, creativa e imaginativa; cualquier persona con una inteligencia tosca puede «triunfar» en la sociedad actual. La falta de competitividad y selección causa, en términos evolutivos, un estancamiento del desarrollo de las capacidades intelectuales, ya que si el ambiente no exige y pone a prueba nuevos retos las posibles mutaciones favorables no serán asimiladas.

En pocas palabras, un mundo sin dificultades ni retos sólo favorecerá la mediocridad. Si los enfermos y los débiles se siguen reproduciendo sin limitación alguna, amparados, además, por una vida cada vez más cómoda; ni las personas más sanas ni las más inteligentes serán favorecidas.

Asimismo, los avances de la tecnología y sus efectos en la vida diaria hacen que cualquier necesidad sea satisfecha mediante medios que no requieren destreza alguna. Es un mundo controlado por el mando a distancia. La mayor parte de nuestras necesidades básicas son resueltas por otros mediante el intercambio de dinero. La creatividad personal tiene poca cabida en un mundo limitado por la división del trabajo donde cada persona se dedica exclusivamente a una sola actividad mecánica y repetitiva.

El individuo actual es un consumidor pasivo, sólo necesita tocar un botón ─o la billetera─ para que otros resuelvan sus problemas. La genética médica ha intentado frenar los efectos disgenésicos de la medicina mediante la creación de un Consejo Genético a parejas que voluntariamente quisieran conocer el estado de sus genes antes de reproducirse. En el caso de que las probabilidades de heredar una enfermedad genética grave sean altas, se aconsejará a las parejas que desistan de sus intenciones reproductivas; aunque sería sólo un consejo, no una prohibición.

Las leyes actuales no pueden negar a nadie su derecho a la reproducción, así que considerando las pocas parejas que se acercan voluntariamente a un chequeo genético y de éstas las que renuncien a reproducirse por el bien de la especie, las posibilidades de una selección genética preventiva son prácticamente nulas. La eugenesia negativa que se practicaba en las culturas primitivas era posible porque los padres pensaban en el bien del grupo humano al que pertenecían y sabían que un hijo débil y enfermo sería una carga y no una ayuda para la comunidad. Existía una conciencia existencial de grupo semejante al de una colonia de hormigas.

El hombre civilizado actual; alienado, fragmentado, no se siente comprometido con su sociedad genéticamente, vive una existencia individual y egoísta; sería muy raro que voluntariamente sacrifique su descendencia por algo tan abstracto como el bien evolutivo. Además, recordando a Dawkins, los genes son egoístas y sólo buscan su reproducción a través de los cuerpos individuales; este egoísmo impedirá cualquier sacrificio por el bien de genes ajenos.

Teóricamente, como explican Suzuki y Knudtson1, la manera de neutralizar un gen defectuoso que genera enfermedades hereditarias sería retirarlo del cuerpo afectado, pero además habría que retirarlo de todos los portadores que aún no han desarrollado los síntomas detectables de la enfermedad, para esto se necesitaría hacer un sondeo genético de toda la población, tarea prácticamente imposible por sus costos logísticos y económicos; pero aún en el caso de que esto pudiese hacerse los resultados tampoco serían definitivos, pues la ocurrencia de mutaciones azarosas es imposible de predecir y evitar.

En el caso hipotético de que una población determinada acepte adoptar prácticas eugenésicas buscando erradicar males genéticos, sus efectos sólo serían palpables después de varias generaciones, y mientras tanto, la selección sólo funcionaría eficazmente si dicha población permanece aislada evitando la reproducción con individuos genéticamente promiscuos ajenos al grupo. Como en el caso de la fibrosis quística del páncreas, la intervención médica que intenta salvar vidas individuales a veces tiene como costo el paradójico efecto de permitir el incremento de personas portadoras del gen que causa la enfermedad.

Si la medicina considera que las enfermedades son males (y no sólo caprichos mutantes de los misteriosos caminos de la evolución) y es mejor en lo posible impedir su expansión; entonces las personas con enfermedades genéticas graves deben evitar reproducirse si hacerlo conlleva un grave riesgo de propagar la misma enfermedad a su descendencia. Al igual que se combate un incendio forestal mediante la tala de los árboles circundantes para evitar que el fuego se propague, la única manera efectiva de reducir la presencia de un gen defectuoso en una especie es impedir que se propague y dejarla morir con el cuerpo que lo contiene.

Esto no quiere decir que las personas con enfermedades graves deban ser abandonadas a su suerte; la medicina debe atenderlas y hacer lo posible por paliar su sufrimiento, pero a la vez debe ser firme en impedir que dichas personas se reproduzcan. Aunque una medida extrema sería la esterilización de dichos individuos, lo mejor sería que éstos se abstengan de tener hijos voluntariamente una vez conscientes de las posibilidades reales de traer hijos enfermos al mundo. Personalmente, creo que tener hijos, sabiendo que las posibilidades de que nazcan sanos y tengan vidas plenas son mínimas, es de un egoísmo obsceno.

Por otro lado, creo que la aproximación que tiene la sociedad moderna hacia la enfermedad, la decadencia física y muerte es equivocada. La decadencia física es natural y la muerte inevitable, y lo normal es que la muerte suceda por accidente o enfermedad. Se intenta erradicar las enfermedades como si ello fuese una victoria contra la muerte cuando lo único que la medicina puede hacer es postergar la muerte hasta cierto punto. La obsesión por mantener un cuerpo vivo puede llegar a extremos espantosos condenando, en algunos casos, a una persona a vivir en condiciones indignas conectada a la vida a través de una máquina. Se reduce el valor de la vida a sus funciones orgánicas primarias cuando vivir debe ser algo más que sólo respirar.

El organismo tiene una caducidad interna programada y las investigaciones que se hacen para intentar manipular el mecanismo que ocasiona el envejecimiento pueden ser, desde el punto de vista científico, muy interesantes, pero si algún día la decadencia de los órganos pudiese evitarse prolongando sustancialmente el tiempo natural de una vida humana, los efectos en la calidad de vida y la superpoblación serán sin duda catastróficos. La enfermedad, aunque perjudicial, tiene una presencia natural en la vida de los seres vivos y es además indispensable para mantener el equilibrio biológico. Como señala Daniel Soutullo, las enfermedades genéticas e infecciosas (accidentales) mantienen entre sí una inevitable dependencia1.

Por último, la ética debería tomar el camino que conduce al bien de la humanidad, (suponiendo, claro está, que todos estamos de acuerdo en que preferimos que nos vaya mejor que peor). Y actualmente, y desde hace buen tiempo, la ética ha tomado caminos equivocados y que además contradicen los hechos biológicos. Si asumimos, como cualquier biólogo respetable sostendría, que es un hecho biológico que permitir la supervivencia y reproducción de los débiles y enfermos incrementa la degeneración de la herencia genética de la especie humana; entonces deberíamos, ante tal hecho, revisar nuestras normas éticas para hacer algo por remediarlo, pues como advierte Monod: «El peligro, para la especie, de las condiciones de no selección, o de selección al revés, que reinan en las sociedades avanzadas, es cierto»1.

Hay que aceptar que el principio de igualdad no funciona en la lógica de la evolución, que como ya hemos visto opera de manera justamente contraria, es decir, se basa en la desigualdad como filtro y motor del cambio y la innovación. Ya no se trata de hacer el bien o el mal; sino que se trata, en realidad, de ir justamente más allá del bien y del mal y hacer lo que resulta eficaz. Si bien es cierto que la evolución humana está determinada inevitablemente por las prácticas culturales, y por lo tanto, el curso de la evolución está siendo constantemente modificado (el curso ciego que seguiría en caso no existiese la cultura), hay que procurar, en lo posible, que dicha modificación sea constructiva y no degenerativa.

Finalmente, será necesario decidir desde ahora el futuro genético de la humanidad. Está en nuestras manos favorecer futuras generaciones más sanas y vigorosas (y con ello seguramente más felices) o permitir generaciones débiles y genéticamente envilecidas víctimas de un irresponsable exceso de sentimentalismo e igualdad. Teóricamente ─aunque por ahora esta predicción pertenece más a la ciencia ficción─, si las actuales generaciones enfermas siguen transmitiendo sus genes defectuosos, en un futuro ─en términos evolutivos no muy lejano─, la proporción de genes malos aumentará frente a la de los genes buenos hasta engendrar seres humanos intoxicados, provocando con ello el posible colapso de la especie humana por envenenamiento genético. El camino de la igualdad ─supuesto valor supremo de la ética moderna─, significa en términos biológicos, el fin del sendero evolutivo y el inicio del camino hacia la extinción.

Referencias bibliográficas

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1 María Isabel Tejada, Genética médica y eugenesia, en: Romeo, Carlos (ed) La Eugenesia hoy, Bilbao, Cátedra de Derecho y Genoma Humano-Editorial Comares, S.L. 1999, P. 156

2 «La evolución natural de las enfermedades es acabar con los individuos por fallecimiento, con mayor predisposición a las mismas, lo que ya Darwin llamó en su día la selección de los más débiles. Por lo tanto, como la medicina combate las enfermedades, cualquier intervención médica es esencialmente disgenésica ya que, curando, tratando o erradicando enfermedades se consigue que sobrevivan y procreen individuos con un mayor lastre genético». (La eugenesia hoy, p. 157)

1 «La selección natural ha sido obviamente interrumpida desde el momento en que salvamos a personas que, por causa de enfermedades genéticas, no podrían haber sobrevivido y reproducirse (pero que ahora podrán hacerlo). Uno piensa, por ejemplo, en varios tipos de diabetes, enfermedad que se sabe tiene una causa genética. Hoy los diabéticos pueden vivir plenamente, de una manera activa, y reproducirse, gracias a la insulina. Sin embargo, esto quiere decir que ahora están transmitiendo sus genes defectuosos, mientras que en caso contrario éstos habrían muerto también con ellos. Por tanto, en este sentido estamos alterando el curso de la evolución humana, ya que estamos preservando a la gente de los efectos de la selección natural». (Ruse, Sociobiología, Madrid, Cátedra, 1983, p. 293)

2 «En las enfermedades monogénicas dominantes, si las personas que llevan un gen anómalo deciden no reproducirse se eliminaría esa mutación y se debería ver una reducción de la incidencia de algunas de esas enfermedades. Sin embargo, este efecto no parece haberse observado, pues en general, muchas enfermedades dominantes son de aparición tardía y para cuando se diagnostican, el individuo ya se ha reproducido. En otras que son más graves y los afectados ya no llegan a reproducirse, suelen ser a menudo neomutaciones que siguen apareciendo». (La eugenesia hoy, p. 161)

1 Ibid p. 168

2 Recordemos que la mutación génica, como afirma Julian Huxley, «aunque sea un fenómeno raro, parece explicar la mayor parte de lo que es realmente nuevo en la evolución». Sin mutaciones no sería posible evolución alguna, los genes se replicarían eternamente. Las mutaciones son azarosas y las que logran fijarse en la cadena génica ─y por lo tanto introducen cambios reales en la dirección evolutiva─ son las que se adaptan mejor al ambiente; una mutación desafortunada tendría que ser paulatinamente eliminada por efectos de la selección natural.

3 «Veamos como ejemplo la fibrosis quística del páncreas: se trata de la enfermedad recesiva más frecuente en la raza blanca (y ataca mayormente a los niños) [...] el descubrimiento del gen y de sus mutaciones se logró el año 1989, se está investigando intensamente en el tratamiento y en posibles terapias, consiguiendo unos avances espectaculares: hemos visto duplicar la supervivencia de estos pacientes y aumentar su calidad de vida, de tal manera que ahora nos piden consejo genético jóvenes con la enfermedad que desean casarse y tener hijos, algo impensable hace 20 años y no descrito en ningún manual clásico de Pediatría. Pues bien, se ha calculado que si todas las personas afectadas por fibrosis quística pudieran sobrevivir y reproducirse con una tasa normal, la incidencia de la enfermedad se elevaría de 1 por 2000-2500 a 1 por 1500 en aproximadamente 200 años». (La eugenesia hoy, p. 181)

1John Harris, Supermán y la mujer maravillosa. Las dimensiones éticas de la biotecnología humana, Madrid, Tecnos, 1998, p. 32

1 Suzuki D y Knudtson P, GenÉtica, Conflictos entre la ingeniería genética y los valores humanos. Madrid, Tecnos, 1991, p. 160

1 Los autores utilizan como ejemplo el caso de la enfermedad de célula falciforme, una rara afección genética que se encuentra básicamente en poblaciones negras de África. Lo interesante de este caso es que las personas que cargan dicho genotipo, al parecer, tienen como ventaja una mayor resistencia a la malaria.

1 El argumento es análogo a la paradoja contra la tesis histórica de Marx; si la lucha de clases es el eje del movimiento histórico, la supresión de dicha lucha (la supuesta igualdad social) significaría el fin de la historia.

1 En Harris, Supermán y la mujer maravillosa, p. 236

1 «Las enfermedades genéticas no son más que una parte de las dolencias que padecen las personas, siendo algunas de ellas particularmente importantes como la diabetes o el cáncer, sin embargo, tanto el número como la incidencia de las mismas es muy inferior al de las enfermedades infecciosas. Dentro de éstas últimas un buen número ─tal vez la mayor parte─ están condicionadas por factores genéticos de los individuos, como es el mostrar una mayor resistencia o susceptibilidad a ciertos agentes infecciosos». (Soutullo, De Darwin al ADN, Madrid, Talasa, p. 110)

1 Monod, Jacques, El azar y la necesidad, Barcelona. Tusquets, 2000, p. 166

La decadencia del hombre en la cultura moderna/ Segunda parte

Por George Clarke Paliza

2. Selección natural y selección artificial

En el Origen de las especies, Darwin había explicado cómo operaba la selección natural y la supervivencia de los más aptos en la evolución de los seres vivos. Esta selección sólo opera libremente en el mundo natural sin intervención y manipulación artificial, es decir, humana. El hombre es el único animal que ha podido manipular la selección natural mediante la cultura, creación derivada de sus habilidades físicas y cognitivas. Teóricamente, el mundo artificial podría reducirse a una extensión del mundo natural; sin embargo, en este estudio hablaremos de la cultura como una creación que, según el caso, camina con o en contra de la naturaleza. Darwin había predicho que cada especie tiende a reproducirse ilimitadamente en proporción geométrica mientras que las condiciones del entorno que permite su supervivencia se reproduce aritméticamente; afirmación tomada de la lectura del Ensayo de la población de Robert Malthus.

Asimismo, Darwin argumenta que el ambiente se encarga de mantener un equilibrio poblacional en cada especie mediante peligros constantes e inevitables como depredadores, escasez de alimentos, enfermedades, cambios climáticos, etc. En El origen de hombre, denunció directamente los efectos negativos que la civilización estaba causando al frágil equilibrio demográfico, y explica, en un párrafo hoy muy políticamente incorrecto, que la civilización ha ido eliminando los factores ambientales que se encargaban de impedir una superpoblación humana1.

El hombre ya no tiene más depredadores que otros hombres, la revolución industrial ha solucionado en parte la escasez de alimentos, el equilibrio de fuerzas de las superpotencias ha impedido otra guerra mundial durante 60 años seguidos, y las guerras actuales no causan tantas muertes como las de antes. Malthus, intuyendo indirectamente la presencia de la selección natural, sostenía que el exceso de población era controlado por la aparición, cada cierto tiempo, de grandes catástrofes naturales como epidemias, sequías, terremotos, fenómenos muy familiares en nuestros días. La medicina ha logrado eliminar algunas enfermedades y pestes antiguas que también causaban catástrofes demográficas cada cierto tiempo.

La medicina actual se dedica más a controlar los efectos y síntomas de las enfermedades convirtiendo los antiguos males incurables y mortales en enfermedades crónicas que permiten a sus portadores vivir lo suficiente como para reproducirse transportando con ello sus genes enfermos a sus descendientes.

A primera vista, resulta extraño que en las líneas anteriores se enumere la disminución de los peligros que amenazan a la especie humana con cierta nostalgia como si fuesen fenómenos favorables cuando toda la tecnología y cultura están encausadas para eliminar dichos peligros. Se busca evitar las guerras, las enfermedades, las hambrunas y sequías; ahora se habla de nuevas amenazas, como el cambio climático, el efecto invernadero y sus predecibles devastadores efectos. Si hablamos con preocupación sobre la reducción de los efectos mortales de dichos fenómenos, es porque éstos son necesarios para mantener el equilibrio demográfico y permitir, en parte, los efectos de la selección natural y la supervivencia de los más aptos (al menos en el caso de ciertas enfermedades).

Algunos optimistas consideran que actualmente las condiciones de vida son mejores que hace 500 años porque la esperanza de vida ha aumentado y tenemos más comodidades, mejores condiciones sanitarias y mejores comunicaciones. Es verdad que toda mirada retrospectiva nos hace pensar que el presente es mejor. La ilusión de progreso es producto de una mirada históricamente anacrónica del pasado. Tenemos nuevos inventos y mejor tecnología para solucionar problemas actuales que antes no existían. Hace 500 años era imposible imaginar el avance actual en las comunicaciones y comodidades, y por lo mismo dicho progreso no era necesario. La inteligencia humana sirve esencialmente para solucionar problemas.

También es cierto que la tecnología, a la vez que soluciona problemas, crea también problemas nuevos e innecesarios. Si en la Edad Media la esperanza de vida se situaba alrededor de los 40 años, la gente se adaptaba a dicha realidad y vivía su vida de acuerdo a esos límites. La esperanza de vida actual de entre 70 a 80 años no significa necesariamente una mejor calidad de vida. Se confunde siempre cantidad con calidad; todos quieren ser inmortales, pero una existencia tan larga es compensada por la naturaleza con condiciones de vida cada vez peores.

Por supuesto, cuando hablamos de condiciones de vida precarias nos referimos a la gente pobre; la clase media tiene ingresos que le permitirán una vida larga y más o menos cómoda. Pero la mayor parte de la población humana vive o sobrevive en estado de pobreza y muchos de estas personas viven largas vidas de interminable miseria. Podríamos utilizar, como ejemplos de sociedades bajo el efecto de la selección natural, a muchos países africanos y asiáticos sumergidos en extrema pobreza.

En dichos países la pobreza económica y material, las precarias condiciones higiénicas, las sequías y hambrunas, las enfermedades y epidemias (como actualmente el SIDA) la inestabilidad política y las constantes guerras étnicas y religiosas, revelan unas condiciones de vida extremadamente duras donde los más adaptados físicamente son los que sobreviven. La densidad de la población es alta pero a la vez muy pobre; y aunque la tasa de natalidad es relativamente alta se compensa por una tasa de mortalidad igualmente elevada.

En estas condiciones es comprensible que las parejas opten por tener muchos hijos porque saben que no todos sobrevivirán; aunque a pesar de las duras condiciones, las estadísticas demuestran que logran sobrevivir más hijos que la media necesaria y recomendable para mantener un crecimiento demográfico sostenible1. Esta lógica reproductiva no funciona en los países desarrollados donde los hijos están muy protegidos y cuidados. Resulta curioso que en los países europeos desarrollados la tasa de natalidad sea muy baja cuando las condiciones para criarlos sean tan favorables2; y consecuentemente, la baja tasa de nacimientos está creando un progresivo envejecimiento de la población que traerá graves problemas en el futuro cercano.

En los lugares como África, donde mucha gente se muere de hambre o enfermedad, la selección natural se encargará de mantener vivos a los individuos que están físicamente mejor constituidos para hacer frente a un ambiente hostil. En este caso, la descendencia de los supervivientes tendría mayores posibilidades de heredar genes más vigorosos y resistentes a las duras condiciones de sus progenitores. Finalmente, cabe remarcar una vez más que la selección artificial de las sociedades modernas tiende a la igualdad, y en esto justamente radica su peligro, porque por el contrario, la selección natural está basada en la desigualdad; la diferencia entre los individuos determinan sus posibilidades, méritos de supervivencia y reproducción.

Cabe aclarar que no buscamos reinstalar la selección natural por motivos conceptuales o por un romántico retorno a la naturaleza; creemos que la selección artificial, que anula (en realidad ignora, pues las diferencias genéticas son imposibles de eliminar) las diferencias reales entre individuos está perjudicando lenta (y por ahora invisiblemente) a la especie humana.

3. Genes, memes y herencia

Frente a la herencia biológica, obviamente causada por la carga genética, se contrapone la influencia del entorno y la cultura. Hasta qué punto el entorno cultural influye en la herencia genética no es posible de determinar, pero es indiscutible que las prácticas culturales modifican y controlan la fijación de mutaciones favorables para el organismo. El determinismo biológico ha sido criticado por sustentar ideologías de desigualdad y opresión; como la hegemonía histórica masculina y ciertas prácticas de dominación que se justificarían por ser naturales.

El organismo no es una tabula rasa donde su formación cultural determina sus habilidades futuras; es obvio que las posibilidades físicas e intelectuales de una persona están determinadas hasta cierto punto por su constitución genética. Supuestamente, el cerebro humano, aunque determinado desde el nacimiento por su número de células, es capaz de evolucionar en inteligencia si el ambiente es estimulante. El fin del crecimiento biológico del cerebro no significa el fin de sus habilidades aunque es obvio remarcar que una persona con retraso mental no podrá desarrollar más allá de cierto límite. Es indiscutible que los individuos heredan habilidades distintas, sean éstas intelectuales, artísticas, musicales, etc.

Una tesis más moderada supera la oposición entre deterministas y culturalistas y propone una tesis intermedia de interacción biológica y cultural; el organismo es una mezcla compleja entre determinación genética y carga cultural. El antagonismo biológico-cultural contiene una falacia pues supone un divorcio entre ambas posturas en un retorno al dualismo cartesiano que supuestamente ha sido ya superado mediante la tesis de los dos puntos de vista; el cerebro y la mente ─la carga biológica y la carga cultural─, son dos lados de una misma moneda. Un organismo no vive adaptándose pasivamente al entorno sino que, en su desarrollo, modifica activamente al entorno según sus propias necesidades, por lo tanto hay entre organismo y entorno una adaptación mutua.

Los autores de No está en los genes1 desarrollan muchos argumentos para intentar demostrar que el determinismo biológico es perverso y está contaminado de ideología, pues tiene como efecto justificar algunas prácticas culturales que son injustas pero supuestamente naturales y por lo tanto deben ser permitidas2. Según estos autores el ser humano no está determinado por su herencia genética egoísta sino que tiene la libertad de transformar su entorno según sus propios valores de justicia. El mundo natural tal vez no sea justo en términos humanos, pero de acuerdo con estos autores, si el ser humano es capaz de transformar su entorno tendría la obligación moral de crear un entorno social más justo.

Cabe entonces preguntarse ¿por qué, si el ser humano siendo capaz de modificar su entorno y hacerlo más justo, hasta el momento no lo ha hecho? Si en el mundo real predomina el egoísmo y la injusticia, la teoría de la determinación biológica resulta ser una explicación muy lógica independientemente de sus efectos justificadores que en principio serían una consecuencia involuntaria de la teoría (por ejemplo, como sostiene Wilson y otros, la violencia es inherente al ser humano porque éste contiene una naturaleza agresiva que necesita para adaptarse al entorno). Los críticos del determinismo biológico argumentan que esta postura cae en la clásica falacia es-debe, donde porque se afirma que la evolución funciona mediante la selección y discriminación de los más débiles, entonces debemos dejar que siga dicho curso aunque contradiga los valores culturales socialmente aceptados.

Aunque para muchos las maneras amorales de la selección natural contradicen su principio de igualdad moral, una antropomorfización de la naturaleza sería equivocada y además indeseable. Como dice el dicho popular, «si algo funciona no lo toques» (y más aún si al tocarlo lo arruinarás). Si los resultados del determinismo biológico tienden involuntariamente a justificar ciertas prácticas de dominación y desigualdad, eso no implica que dichos resultados sean falsos o estén orquestados por la ideología que ha resultado favorecida; sólo la hace, estrictamente hablando, sospechosa, y por ello digno de una minuciosa revisión; pero utilizar dicho argumento para desestimar una teoría es caer en la siguiente falacia: la teoría es falsa porque justifica una ideología perversa. Y ahora preguntamos, ¿si los resultados del determinismo biológico fuesen ─de alguna extraña manera─ favorables para justificar el orden de igualdad social que anhelan sus detractores, también sería una teoría equivocada?

Para ilustrar la falacia antideterminista plagiaremos una acertada cita que dichos autores tomaron de uno de los personajes de Saul Bellow, (pero para fines, obviamente, muy distintos): «que sea paranoico no implica que la gente no me persiga»1. Aceptar que el ser humano es por naturaleza egoísta y poco democrático es, para la sensibilidad política y social actual, muy incómodo y por ello no sorprende que se hagan inagotables esfuerzos por intentar definir al hombre como un ser altruista y justo, pero los milenios de historia de luchas y dominación hacen que dicha teoría sea muy idealista e ingenua.

Además, que en el Estado de Derecho la igualdad y justicia sean prácticas impuestas por coacción legal (y bajo severas amenazas de castigo) hacen que, como sostenía Hobbes ─y con el pesar de Habermas─, la supuesta amabilidad humana resulte muy sospechosa. Según Dawkins, la selección natural funciona básicamente a nivel genético, los genes más eficaces se reproducirán a través de las generaciones de organismos (máquinas) que las hospedan. Los genes son «egoístas» porque utilizan al organismo para su supervivencia. Los cuerpos son efímeros, pero los genes permanecen1.

La selección natural favorece a aquellos genes que son útiles para la supervivencia de la máquina hospedante. Como ya sabemos, los genes malos son progresivamente eliminados a través de las generaciones. Sin embargo, la teoría del gen egoísta no discrimina entre genes buenos y malos; todos los genes, aunque sean favorables o desfavorables para el cuerpo, intentan sobrevivir al cuerpo portador. Aparentemente, parece obvio que un gen bueno será más eficaz en su supervivencia que un gen malo, y debemos preguntarnos cómo es posible que los genes que ocasionan enfermedades al organismo hospedante logren sobrevivir si tienden a matar a su portador. Los genes letales y semiletales (los que debilitan al organismo ocasionando su muerte por causas indirectas) logran transportarse porque sus efectos aparecen cuando el organismo ya ha alcanzado la madurez sexual y sus posibilidades de haberse reproducido son elevadas, en este sentido son genes letales «exitosos»2.

Según esta conducta, es fácil entender por qué la mayoría de enfermedades degenerativas y mortales aparecen a una edad más o menos avanzada, estos genes letales están esperando pacientemente que el cuerpo haya tenido el tiempo suficiente para reproducirse y una vez pasado este tiempo estos genes malignos se desarrollan libremente. El fin es sólo la transmisión, una vez cumplido este fin el cuerpo puede ser desechado. Los genes letales no cometen suicidio a menos que maten al cuerpo portador antes de haberse reproducido. Regresando al tema de la herencia cultural, Dawkins introdujo el término memes para referirse a las entidades responsables de la evolución cultural en paralelo a la evolución genética.

Los memes son, según Dawkins, los «nuevos replicadores». Un replicador es una molécula de ADN capaz de generar copias de sí misma; los «antiguos replicadores» son los genes1. Análogamente a los genes, los memes también son seleccionados, logran fijarse en la evolución cultural aquellos memes (ideas o prácticas culturales) que se ven reforzados por la selección génica. Los memes, al igual que los genes, tienen sus alelos. Conviene recordar que el alelo de un gen es su contrario o «rival» con quien luchará por ocupar un lugar en uno de los 46 pares de cromosomas. El gen ganador es el dominante y el vencido es el recesivo. Memes contrarios son ideas opuestas que luchan por imponerse en la evolución cultural, los memes vencedores son los que se adaptan mejor a la evolución génica, y a su vez, la evolución génica se ve modificada por los memes victoriosos.

Por ejemplo, la creencia en una divinidad (o poder sobrenatural) es una práctica cultural universal; y según la teoría de los memes, la creencia en los dioses venció al ateísmo históricamente porque la fe estimula prácticas biológicas y sociales más eficaces que el ateísmo. La fe religiosa sería eficaz, por ejemplo, para impulsar el altruismo, la cooperación social y la tranquilidad espiritual. Un ejemplo de un meme vencido por su ineficacia sería el incesto. Estudios demuestran que el tabú del incesto es una práctica universal porque la evidencia revela que la reproducción entre parientes directos es genéticamente perjudicial, y por consiguiente, los memes que favorecen la exogamia sirven para una propagación eficaz de genes.

Sin embargo, como afirma Dawkins, a veces los genes y memes entran en contradicción. Como ejemplo relevante para este ensayo podríamos postular que el meme de la igualdad moderna sería contradictorio a los intereses de la evolución génica que no puede practicar la igualdad como principio seleccionador. Impedir la selección natural de los genes sería el terrible efecto del meme de la igualdad. La teoría de los memes puede resultar peligrosa, pues el hecho de que un meme se imponga en la evolución cultural podría envolverlo en un halo de validez y verdad. Sería fácil pensar que los memes victoriosos han triunfado porque marchan en el mismo sentido de la selección natural y por ello merecen ser considerados como mejores (determinismo memético), sin embargo, esto es una ilusión.

Si la selección natural es un proceso determinado básicamente por mutaciones y relaciones entre el azar y la necesidad, los memes que ejercen influencia en ella no pueden pretender justificarse por su adaptabilidad correlativa. Si determinados memes han logrado fijarse en la herencia cultural sin ser eliminados por la evolución génica ello no implica que estos memes sean beneficiosos ni los mejores, sus efectos podrían ser genéticamente neutros o insignificantes. Simplemente ciertos memes han sobrevivido porque forzosamente ─por azar y por necesidad─ algunos tenían que hacerlo.

El meme dominante no necesariamente es más correcto ni el mejor de los posibles (aunque también es verdad que podría serlo), simplemente, es un meme eficaz y su actual eficacia no significa que otros memes, por ahora inexistentes o recesivos, podrían ser más eficaces que aquéllos. Siguiendo con las analogías genéticas, tendríamos que alertar la existencia de memes letales para los genes, memes que impedirían el éxito reproductivo de los genes que la selección natural habría escogido como los genes que merecen mantener viva la especie.

Queda por resolver la paradoja de por qué un meme, tal como el de la igualdad, está imponiéndose en la evolución cultural. No sería válido argumentar que si dicho meme es actualmente dominante ello garantiza su existencia como un meme histórica y evolutivamente correcto. Si consideramos la gran lentitud de los cambios en la selección natural y suponiendo generosamente que el meme de la igualdad moderna tiene unos 300 años de antigüedad, los efectos genéticos serían aún imperceptibles, pero su actual aparente invisibilidad no implica su inexistencia. Sus devastadores efectos pueden deducirse teóricamente por la evidencia acumulada hasta el momento del mecanismo y conducta de la selección natural.



1 «Los salvajes suelen eliminar muy pronto a los individuos débiles de espíritu o de cuerpo, haciendo que cuantos les sobrevivan presenten, de ordinario, una salud fuerte y vigorosa. A realizar plan opuesto, e impedir en lo posible la eliminación, se encaminan todos los esfuerzos de las naciones civilizadas; a esto tienden la construcción de asilos para los imbéciles, heridos y enfermos, las leyes sobre la mendicidad y los desvelos y trabajos que nuestros facultativos afrontan por prolongar la vida de cada uno hasta en el último momento. Aquí debemos consignar que la vacuna ha debido preservar también a millares de personas que por su constitución débil hubieran sucumbido en otro tiempo víctimas de la viruela. De esta suerte, los miembros débiles de las naciones civilizadas van propagando su naturaleza, con grave detrimento de la especie humana, como fácilmente comprenderán los que se dedican a la cría de animales domésticos». (Darwin, El origen del hombre, op. cit, p. 135)

1 Según estudios recientes, la población del África subsahariana ─que representa el 10% de la población mundial─, es de unas 700 millones de personas. Se calcula que en el año 2050 se habrá doblado esa cifra a pesar del imparable avance de la epidemia del sida que ha infectado a dos tercios de aquellas 700 millones de personas. Los especialistas advierten que en el año 2015 la esperanza de vida en los países africanos más afectados habrá retrocedido a unos 17 años si no se toman medidas urgentes por controlar la epidemia. (Fuente: Historia Universal EL PAÍS, Madrid. Salvat, 2004, Tomo 20, pp. 455-458)

2 Antiguamente, el costo de tener hijos se veía compensado en un tiempo relativamente corto, y por ello no resulta extraño que los pobres tengan muchos hijos a pesar de su falta de recursos, pues los hijos ayudaban en el hogar o trabajaban desde la temprana infancia. Actualmente, en la sociedad capitalista, tener hijos es poco rentable pues éstos empiezan a ser económicamente productivos a una edad muy tardía.

1 R.C. Lewontin, S.Rose y L.J. Kamin, No está en los genes, Racismo, genética e ideología, Barcelona, Biblioteca de bolsillo, 2003

2 Resulta paradójico que los autores mencionados condenen enérgicamente el uso de ideología cuando a su vez defienden la ideología contraria de la igualdad moderna.

1 No está en los genes, p. 337

1 «Los genes son inmortales, o más bien, son definidos como entidades genéticas que casi merecen esta calificación, nosotros, las máquinas individuales de supervivencia en el mundo, podemos esperar una vida que se prolonga durante unas cuantas décadas. Pero los genes tienen en el mundo una expectativa de vida que debe ser medida no en términos de décadas sino en miles y millones de años». (Dawkins, El gen egoísta, Barcelona, Salvat, 2002, p. 44)

2 «Por ejemplo, un gen que hace que cuerpos viejos desarrollen un cáncer podrá ser transmitido a numerosos descendientes, ya que los individuos se reproducirán antes de contraer la enfermedad. Por otra parte, un gen que hace que cuerpos de adultos jóvenes desarrollen un cáncer no será transmitido a muchos descendientes, y un gen que hace que niños desarrollen un cáncer fatal no será transmitido a ningún descendiente. De acuerdo con esta teoría, entonces, la decadencia senil es simplemente un subproducto de la acumulación, en el acervo genético, de genes letales que actúan a edad tardía y semiletales, a los que se les ha permitido que se deslicen a través de la red de la selección natural simplemente porque actúan a una edad tardía». (Ibid, p. 52)

1 «Al igual que los genes se propagan en un acervo génico al saltar de un cuerpo a otro mediante un proceso que, considerado en su sentido más amplio, puede llamarse de imitación. Si un científico escucha o lee una buena idea, la transmite a sus colegas y estudiantes. La menciona en sus artículos y ponencias. Si la idea se hace popular, puede decirse que se ha propagado, esparciéndose de cerebro en cerebro». (Ibid, p.251)